Prólogo: Algún día fui tuya.

Alzó la mirada por encima de las copas de los desérticos edificios. Ya no quedaba nadie en la milla de oro. Tan solo un puñado de ardillas correteaban ociosas por el resquebrajado pavimento donde antaño no hubiesen podido, entre coches donde coléricos conductores se quejaban por llegar tarde a algún lugar. Siempre se llegaba tarde cuando el tiempo aún significaba algo.

Era extraño entonces, hasta casi ser tachado de locura, el caminar por la vida sin sentir la imperiosa necesidad de estar en otro lugar. Siempre había algo que hacer cuándo ya estaba todo hecho.  Era el amanecer del siglo XXI. Cuando estábamos en todas partes y en ningún lugar.

Se quedó un rato estupefacto,   contemplando a la magnánima natura que una vez más había vencido.  A escasa distancia de allí se encontraba el edificio del congreso que comenzaba ya a ser engullido por las hiedras que poco a poco aniquilaban todo vestigio humano.

Un ligero silbido a su espalda le liberó de su letargo. Era el viento, que se escuchaba nítido al rozar contra la piedra en medio de aquel inmenso silencio. La noche comenzaba a caer sobre la meseta, debía volver a casa.

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