La chica del paso de cebra

Todas las tardes a las  7 en punto la veía cruzar el paso de peatones desde la terraza de la cafetería. Al principio era tan solo un estímulo más .Una de esas insignificantes historias que nos rodean continuamente sin que ni tan siquiera nos demos cuenta. Como el señor que se sienta en la mesa de al lado todos los días a las 15:35, pide un café americano y se lo toma ojeando la sección de deportes. O la camarera, que todas las mañanas al acabar su turno comprueba dos veces la cafetera.

No se, supongo que me fijo en los detalles. Pero había algo en ella, que definitivamente la hacía diferente a los demás. No puedo asegurar qué era, quizá aquella forma tan poética que tenía de mirar al horizonte, o quizá su andar despreocupado y ligero, que casi la hacía flotar sobre el suelo. Su pelo al viento, sus labios carnosos, sus senos firmes y aquellas piernas que amenazaban con quemarte con solo tocarlas.

Todas las tardes a las 7 en punto ella cruzaba por aquella misma calle; sin excepción. De lunes a domingo, festivos y fiestas de guardar, ella me regalaba aquel instante de gracia.

Y a las 7 en punto, con la misma religiosidad, yo la miraba discreto desde el café “”.  Unos días después, empecé a hacerme preguntas sobre ella; que si a donde iba, si de donde era, que si cual era su nombre, y sobretodo; si ella había llegado a darse cuenta de mi existencia.

Lo malo de hacerse preguntas; es que uno acaba por exigirse respuestas. Así que no me quedó más remedido que ponerle un nombre, un destino y una razón de ser. Como me daba pavor si quiera acercarme a ella, decidí darle yo uno.  Desde ese momento decidí llamarla Helena (la luz que brilla en la mediocridad), pues su caminar misterioso y oscuro me recordaba a la vida errante de un coyote bajo la luna.

También acordé pensar en ella como alguna especie de actriz dramática, una de esas que tanto enloquecen a escritores y poetas. Pensé que quizá, todos los días a las 7 en punto fuese a trabajar en uno de esos bares de mala muerte donde almas marchitas exprimen su sangre. Uno de esos bares quizá con un pequeño y sombrío escenario, donde poetas de esos que aún visten de pana y filósofos anacrónicos intercambien pensamientos sobre el rumor de un melancólico blues.

Supuse que después subiría de nuevo a su casa, una pequeña y polvorienta buhardilla alquilada, encima de un edificio viejo y roñoso. Una de esas que tanto gustan a los artistas, vaya.

Vivía sola, por supuesto. Empezaba hacerme a la idea que incluir un hombre en la escena estropearía por completo la fantasía. Incluir otro hombre

Hasta llegué a pensar en el día que al fin me atreviese a hablarle, día que por supuesto, nunca llegó. Pensé que quizá me la encontraría, por azar o fortuna, en uno de esos bares, uno de esos que antes yo también frecuentaba.

De hecho, regresé a ellos unas cuantas noches, al menos a los que aún continuaban abiertos, con la fantasía de verla atravesar el umbral de la puerta. Nunca lo hacía. Me quedaba hasta altas horas de la madrugada, viviendo solo de la efímera esperanza de que en cualquier momento la vería pasar con esos andares de muerta que no me podía sacar de la cabeza.

Después regresaba a casa, ebrio y solo, y me tumbaba a soñar con  que ella un día,  justo antes de cruzar al paso de peatones, giraba la cabeza y por un segundo, me sonreía.

Pasaron las semanas y cada vez me gustaba más verla pasar junto a mi café. Cada día esperaba ese momento en que girase la cabeza, aguantando la respiración como un piloto antes de emprender el vuelo, sintiendo un cosquilleo que me subía por la espalda  y me llegaba hasta las puntas de los dedos. Me encantaba verla sobretodo cuando llovía, pue con  su pelo mojado y batido al viento, me recordaba a una de esas preciosas y misteriosas sirenas.

También me encantaba verla en verano. Solía llevar una camiseta blanca ceñida a sus senos y unos pantalones cortos vaqueros. Pero por encima siempre llevaba su chaqueta de cuero negro, aunque estuviésemos en agosto y a 40 grados.

Un día, después de estar como de costumbre un buen rato pensando en ella, decidí preguntarme a que sabrían sus labios. Si serían dulces, como besa r una princesa o tendrían el sabor amargo de una novela negra. Estaba seguro de que sería lo segundo. Pero una curiosidad malsana empezó a poseerme día y noche, una tan fuerte que no llegó con imaginarme por mi mismo como era.

Así que al fin un día por la tarde, como no a las 7 en punto, que la lluvia golpeaba con fuerza los cristales del café, salí a la lluvia, dispuesto a cederle mi paraguas. Esperé allí un rato, un par de minutos, fuerano un par de minutos. La lluvia formaba bolsas de agua en los desniveles de la carretera y de vez en cuando, un solitario coche atravesaba a cámara lenta el paso de peatones mientras sus ocupantes me miraban con un rostro triste, mezcla de pena y compasión.

Al fin la vi llegar a lo lejos, vestida como no con aquella chaqueta de cuero y empapada por completo. Sentía que casi podría sentir la textura de sus senos a través de la camiseta. Tenía un mechón de pelo junto a la boca, y con una de esas sonrisas que solo se hacen dos desconocidos que corren la misma suerte, me miró.

Yo le devolví la sonrisa, pero en aquel momento, estaba demasiado petrificado para extenderle mi paraguas. Estaba allí, era real, y era ella.

Pasó de largo, sin sacarme ojo de encima. Tampoco yo se lo saqué ella. Pasó tan cerca que casi creí notar su muñeca contra mi muñeca. No me giré, pero juraría que aún sentía su calurosa mirada sobre mi piel en medio de aquel infierno helado. Estaba tan empapado que hacía tiempo que ni sentía la lluvia. El viento, soplaba con tanta fuerza que su sonido apenas me permitía escuchar mis pensamientos.. Y su mirada seguía allí. No se como lo sentí, pero sé que allí estaba. Mirándome, sonriéndome.

En ningún momento me giré. Pude haberlo hecho. Quizá así podría haber visto de cerca aquella sonrisa. Quizá así pudiera haber visto su cuerpo empapado, sus labios carnosos, sus ojos verdes como Minerva, aquel coche que doblaba la esquina. Pude haberme girado a tiempo pero sin embargo no lo hice.

Y nunca más volvió a cruzar.

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