Un lugar llamado Oriente

Es perfectamente comprensible que la sociedad rechace la guerra. Después de todo llevan años vendiéndonos Oriente como las lejanas  colonias americanas, o como los generales alemanes vendían a sus hombres  los  soldados soviéticos, seres bárbaros e inhumanos que, aún sin saberlo, necesitaban aceptar como fuera el amparo de nuestra civilización superior.

Nos vendieron que defendíamos la civilización, la democracia y la moral del siglo xxi contra un pueblo inculto (como bien sabemos, ningún musulmán ha hecho nada nunca que no fueran sacrificios humanos)  y ahora nos encontramos con la cruda realidad; bastan 120 muertos para que esta “civilización superior” enloquezca. 120 muertos. Cifras que en Oriente, y en buena parte del mundo, se viven diariamente desde hace 100 años, aquí son pretexto para la guerra. Allí  los mismos lo llaman daños colaterales.

Si un musulmán ataca Paris  al grito de Allahu Akbar, más de uno se cree con derecho de erradicar el islam. Si una decena de potencias occidentales hacen lo mismo en Libia, Palestina o Irak al grito de la libertad, cualquiera que se oponga es un insurgente. Así es este mundo.

De pronto nos damos cuenta de que realmente no somos mejores, solo hombres contra hombres, cultura contra cultura, como ha sido siempre.  O así nos lo venden. Detrás de todo (como siempre) los intereses de más de uno y, por supuesto, muerte y desolación. Que no falte.

Y es normal que dándose cuenta de ello, la sociedad occidental reaccione soñando con una alternativa que demuestre nuestra superioridad, llamada tolerancia. Pero la tolerancia por si sola ya no basta. Porque no puede pretenderse acabar con un siglo de expolios y miserias  en cinco días. Porque cuando un loco se atrinchera en una azotea y abre fuego contra los transeúntes, lo matas. Y da igual quien lo haya vuelto loco, si fue su debilidad mental o la mala praxis de un banquero, primero se abate  y luego se depuran responsabilidades.

Ahora ya no hay más alternativas que ir a la guerra. Porque un loco se ha colado en nuestra azotea. Quizá  ni esté tan loco, visto lo  visto. Pero en este momento es mejor aceptar que no éramos los defensores de la moral que creíamos, y limitarnos a salvar nuestro propio culo,  como debimos haber hecho siempre. Yo al menos no pienso llevar burka.

Oriente necesita una reconstrucción social y territorial, cimentada en la cultura propia y no en el colonialismo, como se ha pretendido siempre. Un plan Marshall que solucione un siglo de Versalles insalvables. Pero el primer pecado de oriente fue tener un bien mucho más accesible que la industria alemana; el petróleo.

Por culpa del petróleo, desde los tiempos del mundo bipolar oriente ha sido una partida de ajedrez entre los americanos  y los rusos que, al contrario que muchas otras batallas de la guerra fría,  no parece tener fin.

Allí está Siria como prueba de ello. La guerra fría aún perdura, pues es en su coleteo donde estos grupos se alimentaron, se alimentan, y se alimentarán si no lo evitamos. Moviéndose hábilmente entre ambas fronteras estas facciones han sabido armarse, enriquecerse, guarecerse y pasar inadvertidos, acumulando durante años un elenco de seguidores coléricos por cómo el mundo occidental los había tratado. Y mientras tanto, la sociedad occidental se movía entre la indiferencia y el rechazo. Eran pueblos bárbaros, casi nómadas.

Buena parte de la culpa la tuvieron y la tienen, supongo que bajo el “consejo” de los estados occidentales, los medios de comunación, que nunca se interesaron por los problemas de oriente más que cuando alguna gran potencia ponía los ojos en sus recursos…. O cuando algún loco se dedicaba a matar a los salvadores occidentales.

Nunca se ha hablado tanto de la situación en Oriente como cuando a miles de kilométros de allí un barbudo mata a cien personas. Eso hace falta para que la sociedad occidental se aprenda el nombre los países de la península arábiga.

Ya lo dijo Arafat, uno de los pocos hombres que supo hacer oír al mundo árabe sin recurrir a la desmedida violencia: “Traigo en una mano la rama de olivo y en la otra el fusil. No dejen que caiga la rama”. Ahora la rama ha caído. Prepárense para la guerra.

 

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