Siempre Granizo

Graniza sobre Londres
 Graniza sobre el asfalto
 Sobre los verdes prados
 Sobre los viejos espantos
Sus puertos, sus calles, su gloria
 Todo inundado como antaño
 Y mientras todo el mundo odia
 Continúa granizando
Graniza sobre Atenas, Paris, Praga
 Graniza sobre mil y una ciudades
 Pero la marea sigue en calma
 Añorando tempestades.
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A la muerte

A la ingrávida muerte
Que en silencio patrullas la noche
Que no hay quien de esconderte
Que tres igualdad a los hombres

Oh muerte ¡tramposo sicario!
que aguardas en cualquier esquina
Ora al comerciante de esclavos
Ora al enviado y mesías

Así al prosaico y al fervoroso
así al guerrero y al espía
¡Oh reina de todos nosotros!
¡oh madre de toda vida!


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Sin novedad en el frente

-¡Mi general! -advertí con firmeza
Intuyo que están preparando un ataque
-Mande a los hombres que embarquen
y usted, conserve la endereza
-¿Darnos en retirada,
con la ciudad tan cerca?
¡Lleguemos a la plaza
y tomémosla por nuestra!
-Oh valiente soldado
¿Ha entrado usted en guerra?
Sus palabras son valientes
Y su valentía, ciega
-¿Háblame de valentía,
siendo usted estratega?
¡Habrá estado en mil batallas
sin luchado en una de ellas!
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Un lugar llamado Oriente

Es perfectamente comprensible que la sociedad rechace la guerra. Después de todo llevan años vendiéndonos Oriente como las lejanas  colonias americanas, o como los generales alemanes vendían a sus hombres  los  soldados soviéticos, seres bárbaros e inhumanos que, aún sin saberlo, necesitaban aceptar como fuera el amparo de nuestra civilización superior.

Nos vendieron que defendíamos la civilización, la democracia y la moral del siglo xxi contra un pueblo inculto (como bien sabemos, ningún musulmán ha hecho nada nunca que no fueran sacrificios humanos)  y ahora nos encontramos con la cruda realidad; bastan 120 muertos para que esta “civilización superior” enloquezca. 120 muertos. Cifras que en Oriente, y en buena parte del mundo, se viven diariamente desde hace 100 años, aquí son pretexto para la guerra. Allí  los mismos lo llaman daños colaterales.

Si un musulmán ataca Paris  al grito de Allahu Akbar, más de uno se cree con derecho de erradicar el islam. Si una decena de potencias occidentales hacen lo mismo en Libia, Palestina o Irak al grito de la libertad, cualquiera que se oponga es un insurgente. Así es este mundo.

De pronto nos damos cuenta de que realmente no somos mejores, solo hombres contra hombres, cultura contra cultura, como ha sido siempre.  O así nos lo venden. Detrás de todo (como siempre) los intereses de más de uno y, por supuesto, muerte y desolación. Que no falte.

Y es normal que dándose cuenta de ello, la sociedad occidental reaccione soñando con una alternativa que demuestre nuestra superioridad, llamada tolerancia. Pero la tolerancia por si sola ya no basta. Porque no puede pretenderse acabar con un siglo de expolios y miserias  en cinco días. Porque cuando un loco se atrinchera en una azotea y abre fuego contra los transeúntes, lo matas. Y da igual quien lo haya vuelto loco, si fue su debilidad mental o la mala praxis de un banquero, primero se abate  y luego se depuran responsabilidades.

Ahora ya no hay más alternativas que ir a la guerra. Porque un loco se ha colado en nuestra azotea. Quizá  ni esté tan loco, visto lo  visto. Pero en este momento es mejor aceptar que no éramos los defensores de la moral que creíamos, y limitarnos a salvar nuestro propio culo,  como debimos haber hecho siempre. Yo al menos no pienso llevar burka.

Oriente necesita una reconstrucción social y territorial, cimentada en la cultura propia y no en el colonialismo, como se ha pretendido siempre. Un plan Marshall que solucione un siglo de Versalles insalvables. Pero el primer pecado de oriente fue tener un bien mucho más accesible que la industria alemana; el petróleo.

Por culpa del petróleo, desde los tiempos del mundo bipolar oriente ha sido una partida de ajedrez entre los americanos  y los rusos que, al contrario que muchas otras batallas de la guerra fría,  no parece tener fin.

Allí está Siria como prueba de ello. La guerra fría aún perdura, pues es en su coleteo donde estos grupos se alimentaron, se alimentan, y se alimentarán si no lo evitamos. Moviéndose hábilmente entre ambas fronteras estas facciones han sabido armarse, enriquecerse, guarecerse y pasar inadvertidos, acumulando durante años un elenco de seguidores coléricos por cómo el mundo occidental los había tratado. Y mientras tanto, la sociedad occidental se movía entre la indiferencia y el rechazo. Eran pueblos bárbaros, casi nómadas.

Buena parte de la culpa la tuvieron y la tienen, supongo que bajo el “consejo” de los estados occidentales, los medios de comunación, que nunca se interesaron por los problemas de oriente más que cuando alguna gran potencia ponía los ojos en sus recursos…. O cuando algún loco se dedicaba a matar a los salvadores occidentales.

Nunca se ha hablado tanto de la situación en Oriente como cuando a miles de kilométros de allí un barbudo mata a cien personas. Eso hace falta para que la sociedad occidental se aprenda el nombre los países de la península arábiga.

Ya lo dijo Arafat, uno de los pocos hombres que supo hacer oír al mundo árabe sin recurrir a la desmedida violencia: “Traigo en una mano la rama de olivo y en la otra el fusil. No dejen que caiga la rama”. Ahora la rama ha caído. Prepárense para la guerra.

 

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La chica del paso de cebra

Todas las tardes a las  7 en punto la veía cruzar el paso de peatones desde la terraza de la cafetería. Al principio era tan solo un estímulo más .Una de esas insignificantes historias que nos rodean continuamente sin que ni tan siquiera nos demos cuenta. Como el señor que se sienta en la mesa de al lado todos los días a las 15:35, pide un café americano y se lo toma ojeando la sección de deportes. O la camarera, que todas las mañanas al acabar su turno comprueba dos veces la cafetera.

No se, supongo que me fijo en los detalles. Pero había algo en ella, que definitivamente la hacía diferente a los demás. No puedo asegurar qué era, quizá aquella forma tan poética que tenía de mirar al horizonte, o quizá su andar despreocupado y ligero, que casi la hacía flotar sobre el suelo. Su pelo al viento, sus labios carnosos, sus senos firmes y aquellas piernas que amenazaban con quemarte con solo tocarlas.

Todas las tardes a las 7 en punto ella cruzaba por aquella misma calle; sin excepción. De lunes a domingo, festivos y fiestas de guardar, ella me regalaba aquel instante de gracia.

Y a las 7 en punto, con la misma religiosidad, yo la miraba discreto desde el café “”.  Unos días después, empecé a hacerme preguntas sobre ella; que si a donde iba, si de donde era, que si cual era su nombre, y sobretodo; si ella había llegado a darse cuenta de mi existencia.

Lo malo de hacerse preguntas; es que uno acaba por exigirse respuestas. Así que no me quedó más remedido que ponerle un nombre, un destino y una razón de ser. Como me daba pavor si quiera acercarme a ella, decidí darle yo uno.  Desde ese momento decidí llamarla Helena (la luz que brilla en la mediocridad), pues su caminar misterioso y oscuro me recordaba a la vida errante de un coyote bajo la luna.

También acordé pensar en ella como alguna especie de actriz dramática, una de esas que tanto enloquecen a escritores y poetas. Pensé que quizá, todos los días a las 7 en punto fuese a trabajar en uno de esos bares de mala muerte donde almas marchitas exprimen su sangre. Uno de esos bares quizá con un pequeño y sombrío escenario, donde poetas de esos que aún visten de pana y filósofos anacrónicos intercambien pensamientos sobre el rumor de un melancólico blues.

Supuse que después subiría de nuevo a su casa, una pequeña y polvorienta buhardilla alquilada, encima de un edificio viejo y roñoso. Una de esas que tanto gustan a los artistas, vaya.

Vivía sola, por supuesto. Empezaba hacerme a la idea que incluir un hombre en la escena estropearía por completo la fantasía. Incluir otro hombre

Hasta llegué a pensar en el día que al fin me atreviese a hablarle, día que por supuesto, nunca llegó. Pensé que quizá me la encontraría, por azar o fortuna, en uno de esos bares, uno de esos que antes yo también frecuentaba.

De hecho, regresé a ellos unas cuantas noches, al menos a los que aún continuaban abiertos, con la fantasía de verla atravesar el umbral de la puerta. Nunca lo hacía. Me quedaba hasta altas horas de la madrugada, viviendo solo de la efímera esperanza de que en cualquier momento la vería pasar con esos andares de muerta que no me podía sacar de la cabeza.

Después regresaba a casa, ebrio y solo, y me tumbaba a soñar con  que ella un día,  justo antes de cruzar al paso de peatones, giraba la cabeza y por un segundo, me sonreía.

Pasaron las semanas y cada vez me gustaba más verla pasar junto a mi café. Cada día esperaba ese momento en que girase la cabeza, aguantando la respiración como un piloto antes de emprender el vuelo, sintiendo un cosquilleo que me subía por la espalda  y me llegaba hasta las puntas de los dedos. Me encantaba verla sobretodo cuando llovía, pue con  su pelo mojado y batido al viento, me recordaba a una de esas preciosas y misteriosas sirenas.

También me encantaba verla en verano. Solía llevar una camiseta blanca ceñida a sus senos y unos pantalones cortos vaqueros. Pero por encima siempre llevaba su chaqueta de cuero negro, aunque estuviésemos en agosto y a 40 grados.

Un día, después de estar como de costumbre un buen rato pensando en ella, decidí preguntarme a que sabrían sus labios. Si serían dulces, como besa r una princesa o tendrían el sabor amargo de una novela negra. Estaba seguro de que sería lo segundo. Pero una curiosidad malsana empezó a poseerme día y noche, una tan fuerte que no llegó con imaginarme por mi mismo como era.

Así que al fin un día por la tarde, como no a las 7 en punto, que la lluvia golpeaba con fuerza los cristales del café, salí a la lluvia, dispuesto a cederle mi paraguas. Esperé allí un rato, un par de minutos, fuerano un par de minutos. La lluvia formaba bolsas de agua en los desniveles de la carretera y de vez en cuando, un solitario coche atravesaba a cámara lenta el paso de peatones mientras sus ocupantes me miraban con un rostro triste, mezcla de pena y compasión.

Al fin la vi llegar a lo lejos, vestida como no con aquella chaqueta de cuero y empapada por completo. Sentía que casi podría sentir la textura de sus senos a través de la camiseta. Tenía un mechón de pelo junto a la boca, y con una de esas sonrisas que solo se hacen dos desconocidos que corren la misma suerte, me miró.

Yo le devolví la sonrisa, pero en aquel momento, estaba demasiado petrificado para extenderle mi paraguas. Estaba allí, era real, y era ella.

Pasó de largo, sin sacarme ojo de encima. Tampoco yo se lo saqué ella. Pasó tan cerca que casi creí notar su muñeca contra mi muñeca. No me giré, pero juraría que aún sentía su calurosa mirada sobre mi piel en medio de aquel infierno helado. Estaba tan empapado que hacía tiempo que ni sentía la lluvia. El viento, soplaba con tanta fuerza que su sonido apenas me permitía escuchar mis pensamientos.. Y su mirada seguía allí. No se como lo sentí, pero sé que allí estaba. Mirándome, sonriéndome.

En ningún momento me giré. Pude haberlo hecho. Quizá así podría haber visto de cerca aquella sonrisa. Quizá así pudiera haber visto su cuerpo empapado, sus labios carnosos, sus ojos verdes como Minerva, aquel coche que doblaba la esquina. Pude haberme girado a tiempo pero sin embargo no lo hice.

Y nunca más volvió a cruzar.

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¿Como quieres?

¿Cómo quieres que aún escriba
Aquellos versos que enamoran
Si tu mirada me desvirgó
Cómo solo desvirga
A la noche su aurora?

¿Cómo quieres que aún invente
futuros lejanos
Si desde que te conozco
sólo existe el presente
de tus manos en mis manos?

¿cómo quieres que diga
Y Que piense en el “nosotros”
si yo ya no soy más
que una luz perdida
buscando verse en tu rostro?

¿Como quieres, en definitiva
que siga siendo el mismo?
¿que quien me ha cambiado?
¿No ves que fuiste tu niña,
la que me empujó al abismo?

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Prólogo: Algún día fui tuya.

Alzó la mirada por encima de las copas de los desérticos edificios. Ya no quedaba nadie en la milla de oro. Tan solo un puñado de ardillas correteaban ociosas por el resquebrajado pavimento donde antaño no hubiesen podido, entre coches donde coléricos conductores se quejaban por llegar tarde a algún lugar. Siempre se llegaba tarde cuando el tiempo aún significaba algo.

Era extraño entonces, hasta casi ser tachado de locura, el caminar por la vida sin sentir la imperiosa necesidad de estar en otro lugar. Siempre había algo que hacer cuándo ya estaba todo hecho.  Era el amanecer del siglo XXI. Cuando estábamos en todas partes y en ningún lugar.

Se quedó un rato estupefacto,   contemplando a la magnánima natura que una vez más había vencido.  A escasa distancia de allí se encontraba el edificio del congreso que comenzaba ya a ser engullido por las hiedras que poco a poco aniquilaban todo vestigio humano.

Un ligero silbido a su espalda le liberó de su letargo. Era el viento, que se escuchaba nítido al rozar contra la piedra en medio de aquel inmenso silencio. La noche comenzaba a caer sobre la meseta, debía volver a casa.

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